(Saludo conyugal en tiempos de Pericles)
EL CRUDO INVIERNO
DEL MATRIMONIO
Juan Josè Bocaranda E
Estuvieron casados durante
cincuenta años, divididos en veinticinco
para la primavera, el verano y el otoño, y veinticinco para un invierno cada
vez màs crudo.
El matrimonio había sido
producto de la conveniencia mutua: a Julia Bencomo le resultaba porque en
aquellos tiempos no era frecuente la oportunidad de enlazarse con un
profesional universitario. Ademàs, el incentivo de que se iba acercando a
grandes zancadas a la edad crìtica de quedarse para desvestir santos.
Tambièn al abogado Jesùs
Casares le convenía porque, graduado sin recursos económicos ni relación social
alguna, andaba a la deriva, a la buena del diablo, por lo que el matrimonio con
la hija de un hacendado le venìa como dedo a sortija gruesa.
La primavera del matrimono fue
consecuencia menos del amor que del entusiasmo que les insuflaron familiares y
amigos con aquello de que “formaban una linda pareja”; de que “estaban hechos
el uno para el otro”; de que “parecían dos gotas de rocìo”; de que “Dios había
juntado a dos àngeles caìdos del cielo”; de que ella era muy buenamoza (¡!) y
èl un tanto apuesto…y otras tonterìas màs…
En todo caso, fue una primavera sin
frutos: no tuvieron hijos. Y ya por egoísmo, ya por comodidad, se abstuvieron
de adoptar. Ambos temìan a las adopciones: Casares porque sabìa de las taras
que un hijo extraño pudiera arrastrar y porque estaba convencido de que no
debía asumir obligaciones que correspondìan por naturaleza a los padres
biológicos. En cuanto a Julia, le horrorizaba la idea de adoptar desde que en
la ciudad había ocurrido la desgracia de que un hijo adoptivo había asesinado a
la madre adoptiva, instigado por un pariente biológico.
Existìa para ellos el “consuelo” de que no tenìan
descendencia porque ambos eran estèriles. Los enemigos ocultos, los hipócritas
y todo el que deseaba echar fuego a
leña, comentaban que Casares era “machorro”…aunque fungía de “muy macho”
cuando desafiaba a los contrincantes en la gallera dominical. Un remoquete
extremadamente descalificador que, aunque no se crea, los abogados aprovechaban
como “argumento” cuando se enfrentaban con Casares en los litigios judiciales.
Asombrosamente, ese “argumento ad hoc”, resultaba
ser para los jueces “el non plus ultra de los razonamientos, olvidado,
inexplicablemente –decían en las sentencias- por Aristòteles, Justiniano,
Bartolo de Sassoferrato, Domat, Potier y otros litigantes de alto coturno, pero
que este tribunal acepta como una verdad probatoria axiomàtica…”
Los saltos de la primavera al verano y del verano al
otoño matrimoniales, fueron casi imperceptibles, porque los diluìan u ocultaban
las apariencias, sobre todo la de asistir a la misa principal de los domingos,
“enganchados por un amor claro y palpable como el agua bautismal”. En cambio, el
salto del otoño al invierno fue abrupto,
drástico, notorio. Porque todos se enteraron de la causa: Julia había sido
sorprendida “sobre la yerbita”, en un desliz amoroso con un “amigo” y colega de
Casares, quien, aun cuando se espetaba como “vivo y sagaz”, era crédulo hasta
màs no poder. Pero, èl también
“cumplió”: se buscò una amante, en una relación que resultò fugaz.
Y de esta manera, el hogar se inundò de frìo. Cada
uno de los veinticinco años, a partir de entonces, sumò una capa de nieve que
se convirtiò en hielo. Hasta que les llegó la era glacial.
Primero, se arrojaban frases como pedruscos.
Despuès, se comunicaban a través de pepelitos.
Màs tarde, se hablaban por señas,
entre las cuales no faltaba aquèlla de “por aquí se va para san Diego” o “vete
a lavar ese paltò” o “chùpatesta”, etc.etc. expresiones que no nos atrevemos a
tornar explìcitas para que no nos sancione la RAE ni nos bombardee la OTAN…
Para evidenciar aun màs la división radical de la
pareja, se agregó una segunda puerta al comedor: Casares entraba por la suya apenas Julia le
sonaba la campanita de Paulov, y la mujer salìa como diablo sin tridente por la
suya.
Todo doble: dos retretes, dos portones hacia la
calle, dos salas, dos televisores, dos telèfonos y dos velocìpedos para que cada
uno pudiera salir a pasear a plena gana por los parques.
Casares falleciò mientras almorzaba; Julia, después
del almuerzo, al pie de la mecedora donde solìa darse aires en el jardín
trasero.
Dicen que coincidieron en envenenar el uno al otro
el mismo dìa, como en un acuerdo implìcito y macabro. Dicen que murieron al
mismo tiempo para continuar “allà” el infierno que habían comenzado “acà”.




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