sábado, 23 de agosto de 2014

EL CRUDO INVIERNO DEL MATRIMONIO. Juan Josè Bocaranda E



(Saludo conyugal en tiempos de Pericles)


EL CRUDO INVIERNO DEL MATRIMONIO
    Juan Josè Bocaranda E

Estuvieron casados durante cincuenta años, divididos  en veinticinco para la primavera, el verano y el otoño, y veinticinco para un invierno cada vez màs crudo.
El matrimonio había sido producto de la conveniencia mutua: a Julia Bencomo le resultaba porque en aquellos tiempos no era frecuente la oportunidad de enlazarse con un profesional universitario. Ademàs, el incentivo de que se iba acercando a grandes zancadas a la edad crìtica de quedarse para desvestir santos.
Tambièn al abogado Jesùs Casares le convenía porque, graduado sin recursos económicos ni relación social alguna, andaba a la deriva, a la buena del diablo, por lo que el matrimonio con la hija de un  hacendado  le venìa como dedo a sortija gruesa.
La primavera del matrimono fue consecuencia menos del amor que del entusiasmo que les insuflaron familiares y amigos con aquello de que “formaban una linda pareja”; de que “estaban hechos el uno para el otro”; de que “parecían dos gotas de rocìo”; de que “Dios había juntado a dos àngeles caìdos del cielo”; de que ella era muy buenamoza (¡!) y èl un tanto apuesto…y otras tonterìas màs…
En todo caso, fue una primavera sin frutos: no tuvieron hijos. Y ya por egoísmo, ya por comodidad, se abstuvieron de adoptar. Ambos temìan a las adopciones: Casares porque sabìa de las taras que un hijo extraño pudiera arrastrar y porque estaba convencido de que no debía asumir obligaciones que correspondìan por naturaleza a los padres biológicos. En cuanto a Julia, le horrorizaba la idea de adoptar desde que en la ciudad había ocurrido la desgracia de que un hijo adoptivo había asesinado a la madre adoptiva, instigado por un pariente biológico.
Existìa para ellos el “consuelo” de que no tenìan descendencia porque ambos eran estèriles. Los enemigos ocultos, los hipócritas y todo el que deseaba echar fuego a
leña, comentaban que Casares era  “machorro”…aunque fungía de “muy macho” cuando desafiaba a los contrincantes en la gallera dominical. Un remoquete extremadamente descalificador que, aunque no se crea, los abogados aprovechaban como “argumento” cuando se enfrentaban con Casares en los litigios judiciales.
Asombrosamente, ese “argumento ad hoc”, resultaba ser para los jueces “el non plus ultra de los razonamientos, olvidado, inexplicablemente –decían en las sentencias- por Aristòteles, Justiniano, Bartolo de Sassoferrato, Domat, Potier y otros litigantes de alto coturno, pero que este tribunal acepta como una verdad probatoria axiomàtica…”
Los saltos de la primavera al verano y del verano al otoño matrimoniales, fueron casi imperceptibles, porque los diluìan u ocultaban las apariencias, sobre todo la de asistir a la misa principal de los domingos, “enganchados por un amor claro y palpable como el agua bautismal”. En cambio, el salto del otoño al invierno fue  abrupto, drástico, notorio. Porque todos se enteraron de la causa: Julia había sido sorprendida “sobre la yerbita”, en un desliz amoroso con un “amigo” y colega de Casares, quien, aun cuando se espetaba como “vivo y sagaz”, era crédulo hasta màs no poder. Pero,  èl también “cumplió”: se buscò una amante, en una relación que resultò fugaz.
Y de esta manera, el hogar se inundò de frìo. Cada uno de los veinticinco años, a partir de entonces, sumò una capa de nieve que se convirtiò en hielo. Hasta que les llegó la era glacial.
Primero, se arrojaban frases como pedruscos. Despuès, se comunicaban a través de pepelitos.  Màs tarde, se  hablaban por señas, entre las cuales no faltaba aquèlla de “por aquí se va para san Diego” o “vete a lavar ese paltò” o “chùpatesta”, etc.etc. expresiones que no nos atrevemos a tornar explìcitas para que no nos sancione la RAE ni nos bombardee la OTAN…
Para evidenciar aun màs la división radical de la pareja, se agregó una segunda puerta al comedor:  Casares entraba por la suya apenas Julia le sonaba la campanita de Paulov, y la mujer salìa como diablo sin tridente por la suya.
Todo doble: dos retretes, dos portones hacia la calle, dos salas, dos televisores, dos telèfonos y dos velocìpedos para que cada uno pudiera salir a pasear a plena gana por los parques.
Casares falleciò mientras almorzaba; Julia, después del almuerzo, al pie de la mecedora donde solìa darse aires en el jardín trasero.

Dicen que coincidieron en envenenar el uno al otro el mismo dìa, como en un acuerdo implìcito y macabro. Dicen que murieron al mismo tiempo para continuar “allà” el infierno que habían comenzado “acà”.

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