LA MANCHA
Juan Josè
Bocaranda E.
Despuès de varios meses de trabajo intenso, un pintor concluyò la obra.
Era un hermoso cuadro al òleo, de amplias dimensiones, que aludìa a los orígenes
de la humanidad.
Al taller acudió un hipercrítico de arte, premunido de ínfulas numerosas,
quien le fue señalando las diversas “inconveniencias” que generarìa la
obra, pues directa e indirectamente, tocaba asuntos “un tanto delicados”,
que conforme a su dogma respectivo podrían cuestionar los cofrades de las
diversas sectas de la comunidad.
Temeroso de caer en desprestigio y hasta de ser objeto de repulsa social,
en circunstancias que también podrían ocasionarle grave menoscabo pecuniario,
el pintor fue suprimiendo un elemento tras otro. Quito esto –se decía a sì
mismo- porque puede ofender la mèdula màs profunda de los metafísicos. Y esto
porque podría alejar a los católicos màs fervorosos. Y èste porque
causarìa alarma a los miembros de la Iglesia de las Siete Bondades; y èste, a
los Sacrosantos Vociferantes del Desierto; y èste a los Hermanos de la Pèrgola
Bendita; y èste, a las Santas Hermanas de la Caridad Pudenda….
Cuando terminò la tarea del exterminio, viò còmo sòlo quedò en el lienzo
lo que èl llamò “una mancha de su pintura y de su esfuerzo artìstico”. Pero un
amigo lo sacò del engaño:
-No. No es pintura. Sòlo es la cagada de una mosca…




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