SANTO
REMEDIO
Juan Josè Bocaranda E.
Nadie sabia por què Rosa las tomaba por visitar a su hija Hercilia en
horas del medio dia, justamente cuando el sol martillaba su yunque con màs
fuerza.
Desde el Parque Central, sumando sudores, recorrìa unas cuantas calles a
grandes zancadas, con su silueta alta y gordinflona.
Cuando hacìa aquel recorrido, parecìa no sentir el sol ni la fatiga, sumida
en sus pensamientos, siempre los mismos y siempre “negros”.
¡Ah! ¡Maldita sea! Tener que llevarle el almuerzo a su hija y a sus
cuatro muchachos sòlo para que en realidad se lo engulla el sinvergüenza del
Alejandro, que no hace sino engordar y maltratar, y quien jamàs ha trabajado en sus cuarenta y cinco años de mala vida…Còmo ella y su esposo, ya
fallecido, habían tenido que comprarles todo, todo, para el hogar, desde los
muebles de dormitorio hasta el comedor y la vajilla y los cubiertos…
Lo peor de lo peor: Hercilia parecía un cargamento de moretones, maltrecha por causa de las palizas frecuentes que “el
malentretenido” le asentaba aun en presencia de los niños. Y pensar que tenía
miedo de denunciarlo. Era capaz de matarla y de inventar, (como el “cuentista”
frustrado que había sido), una patraña donde
èl resultarìa la vìctima de “una mujer ofensiva y grosera”, de cuya ira “había
tenido que defenderse para que no lo asesinara…etc…etc…”
¡Maldito! ¡Pero, vas a ver...!-
repitió mil veces para sus adentros, mientras asìa con màs fuerza la
bolsa donde llevaba el almuerzo…
Esa tarde llegó con una noticia:
la tìa Luisa estaba enferma y debían ir a visitarla, “pero ya”… Como Alejandro "jamàs estaba para cuidar muchachos”,
los llevarìan con ellas.
El almuerzo quedó, humeante y
atractivo, sobre la mesa del comedor. Seguramente Alejandro lo
devorarìa a todo dar, como siempre.
Regresaron horas màs tarde. Alejandrò yacìa de bruces, entre la
nevera y la mesa del comedor. Algunas moscas circulaban sobre su cabeza. De la
boca entreabierta se escapaba un chorro verdinegro y viscoso. Ya comenzaba a despedir
el hedor caracterìstico de los muertos, en “la Ciudad-horno”, donde la muerte cuece
su pan apresuradamente.
Cuando Rosa medio-viò el cadáver,
no pudo evitar una sonrisa que se le arrinconò en la comisura izquierda de los labios…Santo remedio- pensó…




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