martes, 16 de septiembre de 2014

SANTO REMEDIO. Juan Josè Bocaranda E




SANTO REMEDIO
Juan Josè Bocaranda E.

Nadie sabia por què  Rosa  las tomaba por visitar a su hija Hercilia en horas del medio dia, justamente cuando el sol martillaba su yunque con màs fuerza.
Desde el Parque Central, sumando sudores, recorrìa unas cuantas calles a grandes zancadas, con su silueta alta y gordinflona.
Cuando hacìa aquel recorrido, parecìa no sentir el sol ni la fatiga, sumida en sus pensamientos, siempre los mismos y siempre “negros”.
¡Ah! ¡Maldita sea! Tener que llevarle el almuerzo a su hija y a sus cuatro muchachos sòlo para que en realidad se lo engulla el sinvergüenza del Alejandro, que no hace sino engordar y maltratar, y quien jamàs ha trabajado en sus cuarenta y cinco años de mala vida…Còmo ella y su esposo, ya fallecido, habían tenido que comprarles todo, todo, para el hogar, desde los muebles de dormitorio hasta el comedor y la vajilla y los cubiertos…
Lo peor de lo peor: Hercilia parecía un cargamento de moretones, maltrecha  por causa de las palizas frecuentes que “el malentretenido” le asentaba aun en presencia de los niños. Y pensar que tenía miedo de denunciarlo. Era capaz de matarla y de inventar, (como el “cuentista” frustrado que había sido), una patraña donde èl resultarìa la vìctima de “una mujer ofensiva y grosera”, de cuya  ira  “había tenido que defenderse para que no lo asesinara…etc…etc…”
¡Maldito! ¡Pero, vas a ver...!-  repitió mil veces para sus adentros, mientras asìa con màs fuerza la bolsa donde llevaba el almuerzo…
Esa tarde llegó con una noticia: la tìa Luisa estaba enferma y debían ir a visitarla, “pero ya”… Como Alejandro "jamàs estaba para cuidar muchachos”, los llevarìan con ellas.
El almuerzo quedó, humeante y atractivo, sobre la mesa del comedor. Seguramente Alejandro lo devorarìa a todo dar, como siempre.
Regresaron horas màs tarde. Alejandrò yacìa de bruces, entre la nevera y la mesa del comedor. Algunas moscas circulaban sobre su cabeza. De la boca entreabierta se escapaba un chorro verdinegro y viscoso. Ya comenzaba a despedir el hedor caracterìstico de los muertos, en “la Ciudad-horno”, donde la muerte cuece  su pan apresuradamente.

Cuando Rosa medio-viò el cadáver, no pudo evitar una sonrisa que se le arrinconò en la comisura izquierda de los labios…Santo remedio- pensó…

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