domingo, 24 de junio de 2018

EL CAMELLO “MASCACHICLES” Juan José Bocaranda E


EL CAMELLO “MASCACHICLES”
Juan José Bocaranda E

En un pueblo perdido en los arenales de Namibia,  mercaba  un traficante de camellos que se valía de la ocasión para enriquecerse a costa del mal ajeno, como suelen hacerlo los ladrones de otras latitudes.
Un día llegó un suicida profesional norteamericano que iba a Playa Esqueletos buscando la muerte  a través del hambre o de  la sed. Pagó una gorda suma de dólares por un camello que parecía un monumento, dotado de  anchas chapaletas y de una joroba de capacidad diluvial. Lo llamó “Mascachicles”.
Salió con la aurora, para ganar tiempo. Pero pocas horas después estaba de regreso porque  Mascachicles se notaba extremadamente deteriorado y arrojaba vapor por todos los orificios.
-Señor, le devuelvo el camello. Botó dos chorros de agua por las narices y la joroba le quedó completamente vacía.
-No se aceptan devoluciones.  ¿No leíste ese cartel de advertencia?
-Está escrito en lengua extraña para mí.
-Es oschiwambo
-Pero yo sólo conozco el  koekoe
-Pues te  “jorobaste”. No se aceptan devoluciones
-!Oh, my god! ¿Y ahora qué hacer?
-Te vendo otro camello...
-¿Cómo mentarse la madre en oschiwambo?

lunes, 18 de junio de 2018

LA CIUDAD JOROBADA Juan Josè Bocaranda E


LA CIUDAD JOROBADA
Juan Josè Bocaranda E

Temerosos de que los atracaran y les arrebataran la joroba,  los jorobados decidieron fundar su propia ciudad que, claro está, sólo podía ser habitada por jorobados. Nació, así, “Ciudad Dromedaria” que algunos llamaban, simplemente, “La Dromedaria” y no pocos “La Corcovada”.

Tener una quinta o mansión en “La Dromedaria” otorgaba cachè y acrecentaba prestigio. Por ello los  nuevosricos viajaban al extranjero para implantarse brillantes jorobas,   con el mismo afán de novelerìa que animaba a las mujeres a sustituirse modestas copitas fipo frinè, por copones abundandantes como de vaconas holandesas.

“La Dromedaria”se anunciaba desde muy lejos porque la gran muralla estaba coronada, entre dos almenas y frente al puente levadizo, por una joroba descomunal, de hormigón armado, pintada con llamativos colores.

Durante la noche, la joroba-símbolo, fosforescente, se destacaba como  seria advertencia para los merodeadores, muchos de los cuales desaparecìan para siempre y sin dejar rastro.

Por las avenidas superiores de la muralla patrullaban las moto-jorobas,  de férrea disciplina militar y acendrado celo patriòtico.

El acceso a la ciudad estaba constituido por una sola puerta, custodiada por un ejército de samuráis jorobados, que sabían utilizar la joroba para propinar martillazos mortales.

Como la cosa prometía, algunos extraños se colocaban jorobas de plástico, pero eran descubiertos y castigados con penas cuadruplicadas, como lo merecen todos los tramposos, jorobados o no. Otros, más decididos, se practicaban costosas operaciones quirúrgicas para que les incorporaran las jorobas dejadas por los difuntos, si es que las dejaban, pues muchos estaban tan apegados a ellas, que se las llevaban al otro mundo para seguir con la buena suerte.

Para recibir el título universitario en Ciudad Corcova, era requisito indispensable que la joroba satisficiera exigencias mínimas de dimensión y elegancia, por lo cual en el acto de graduación se utilizaban togas escotadas que permitieran ver desnudas, a lo lejos, las jorobas lustrosas y felices, para complacencia y gozo de todos los presentes.

Para ser funcionario de carrera, era indispensable  cumplir con exigencias muy, pero muy especiales, relativas a las jorobas, cuyas características eran señaladas en manuales ultrasecretos que sólo “los privilegiados de la corcova” podían manejar.

Hubo una época en que por cuestiones de elegancia establecidas en los protocolos internacionales, se exigió a los graduandos proporción específica entre el volumen de  la joroba,  el volumen de la barriga y el volumen del nalgatorio. Pero, como no había suficientes nalgudos –aunque sí muchos barrigones- se dejó de lado esta meticulosidad antidemocrática.

En los “tribunales de la Corcova” los jueces medían los casos, no por razones, sino por torceduras. Por supuesto, la justicia también era jorobada. Es más: para todos ellos lo recto repugnaba, por esencia, a la razón. Y la razón les decía que  la rectitud estaba en la joroba, así como los sabiondos de la “Matemàtica Corcovada” afirmaban que la distancia más corta entre dos puntos era la joroba.

La alegoría de la justicia también fue modificada: la tradicional representación romana, en una señora tuerta y obesa, con una balanza en la mano izquierda y una espada en la derecha, sosteniéndose milagrosamente los fustanes,  fue reemplazada por la figura de una Miss moderna, hermosa, ligera de ropa, con amplia y brillante sonrisa, y con una joroba descomunal y digna, que contribuía a resaltarle la belleza.

Por otra parte, era de ver y de admirar  a los siempre interesados estudiantes de Derecho, en prosternación servil ante jueces y profesores cargados de jorobas bursátiles, a quienes prometìan emular en sobajamientos protocolares y diplomàticos.

Una escribiente, estudiante de Derecho, escondía los expedientes en el extremo sur de la joroba, hecho que, desde ya, le generaba cuantiosos emolumentos.

La corrupción, la perversión, la injusticia, la traición y muchas otras virtudes democráticas, se sembraron y se extendieron como una enredadera fatal en La Corcova.

Una noche, una enorme y furiosa tormenta de arena dejó sepultada para siempre la ciudad de los jorobados, bajo cuyas cenizas yacen hoy los cadáveres de sus habitantes en las posiciones màs abyectas e inverosímiles. Entre el polvo sobresale  una parte de la joroba de hormigón que una vez fuera el orgullo de los jorobados, yo uno de ellos…







viernes, 23 de marzo de 2018

LA PROFESIÓN BACHACA Juan José Bocaranda E





 LA PROFESIÓN BACHACA
Juan José Bocaranda E



Todos lo sabemos pero hay que decirlo, para no olvidarlo y para que la historia la conozcan las generaciones venideras...
Llamé a un pariente que vive en Boconó, para saludarlo. Sumamente flojo para los viajes, estaba en Mérida buscando qué comer porque en mi pueblo la gente está que ulula de hambre y no se consigue nada sino malderrabia humana. Me atendió la señora del servicio doméstico, sexagenaria, campesina, y quien apenas tiene 4º de educación básica. Pero puede llamarlo por el “guasap”. No, señora, yo no “guasapeo”. ¿Por qué no “guasapea”?. Porque mi teléfono no resuella tanto ... Entonces compre uno. Yo sí tengo, y hablo con mi nieto, que está en “Checaslavaca”.
Progresivamente se está empujando a la población venezolana a tener teléfono “inteligente”. Quien no lo tenga, quedará fuera de base. No interesa de dónde haya de sacar el dinero. Precios inalcanzables para las personas honradas. “Hon-ra-das”... Y lo recalco porque, sin ignorar las honorables excepciones, hay quienes circulan por allí exhibiendo celulares super-costosos aun cuando no practican oficio alguno salvo el de holgazanear. Por antítesis conocemos a muchos profesionales –abogados, ingenieros, químicos, docentes, etc.etc- quienes pese a una necesidad creciente, no pueden permitirse ese nivel de costos, salvo que ellos y su familia dejasen de comer durante diez meses o mas.
Pero los holgazanes que lucen tan costosos intercomunicadores, ¿qué son? ¿Traficantes de drogas? ¿Ladrones de carros? ¿Sujetos de las malas artes? ¿Vagos y maleantes? ¿O pertenecen a la clase bachaquera?. Porque hoy la clase más alta y pudiente en Venezuela no la constituyen los burgueses, sino los despellejadores de bajo coturno, que desalojan a los moradores de la parroquia, para “barrer” los supermercados aprovechando las ofertas de productos regulados y revenderlos en la calle con una ganancia del mil por ciento. Forman larguísimas colas de por lo menos once personas por familia, desde la tatararequetetatara hasta el último biznieto, con la intercalación de hijos, sobrinos, esposas o queridas y cuñados. Un nuevo tipo de empresa familiar cooperativa para desollar a los compatriotas.
Mientras uno apenas puede retirar 10mil “piches” del Banco, ellos depositan enormes montones de billetes, que no son sino hilachas del pellejo sangrante que han arrancado a los compradores hasta con astillas de hueso, hilos de las venas y rasgaduras del alma.
Me visita José Luis, ingeniero, profesor jubilado de la UCV. Sólo y a duras penas puedo bridarle un aguadísimo guayoyo. Nos dice: mi teléfono es brutico, brutico. Y agrega: tanto estudiar, y el sueldo se va en tres patadas...¿Para qué estudiar si la profesión bachaca rinde mucho más?...Y pensar que quienes no tenemos teléfono inteligente somos calificados menos que burros.
Lo de “inteligentes” no se dice por los teléfonos en sí, sino por el nivel intelectual de quienes los ostentan. ¿Acaso no se necesita ser un Einstein para reunir en las actuales circunstancias dos guacales de millones de bolívares para pagar el celular “inteligente” más barato? ¿Usted tiene idea de lo que es un cerro de millones de bolívares? Mi idea no pasa de ochocientos mequetrefes, que no me alcanzan ni para comprar chimó pues hasta los chimoceros se han avispado en este país de “sálvese quien pueda”...Venezuela antropófaga...En lo que vino a parar la tierra de Bolívar, después de tanta lucha, abnegación y sacrificio. ¿Es que de verdad aró en el mar?