martes, 21 de julio de 2020

LA MONJA DESCALZA. CUENTOS DE LA TROJA DOS. JUAN JOSÉ BOCARANDA E.





LA MONJA DESCALZA
“Es el año 1.561. Me llamo Ligia. Tengo 8 años de edad. Vivo con mis padres en un caserío ubicado en un valle hermoso de un lugar de España. Mi padre, Florencio, es comerciante. Negocia ganado.  Mi madre, Dilcia del Carmen, cultiva una parcela y una pequeña granja de aves. Vende productos agrícolas y huevos. Los tres vivimos felices. De vez en cuando nos visitan un hermano de mi madre, su esposa y sus dos pequeños hijos. Cómo nos divertimos. Ellos viven muy muy lejos, a varias semanas de camino de nuestra casa.
Suelo acostarme temprano. El sueño me domina apenas tomo la cena. Pero esta noche, mientras duermo, oigo ruidos extraños, gritos, alboroto. Es como una pesadilla muy fea, que me llena de miedo. Grito, quiero correr, pero no puedo despertar.
Cuando por fin logro abrir los ojos me encandila el sol, y tengo que cerrarlos nuevamente. Mientras tanto escucho murmullos y alaridos de muchas personas a la vez, que no me permiten oír con claridad. Abro los ojos y me veo rodeada de  personas  que no conozco. Miro a todos lados. Llamo a mis padres. Escucho llanto de niños. Alguien me levanta del suelo y me coloca en una pequeña embarcación. Todo muy de prisa…
… Ahora me veo en un barco muy grande, en medio de gente que me es desconocida. Algunos usan palabras que jamás había escuchado. Llamo a papá, a mamá, llorando a gritos, muy asustada. Oigo decir que anoche llovió mucho, mucho, y que todo se inundó y que el barro dejó cubiertos árboles, casas, ganado y numerosas personas. Me asalta la idea de que mis padres hayan perecido. Jamás volveré a verlos, ni a ellos ni a mi tío ni a mis primos. Siento que se me oprime el corazón.
…
Ahora me veo en una casa grande. Se parece a un poco a la iglesia del pueblo. Después me dicen que es un convento, y me explican qué significa. Es el Convento de San José de Ávila.

Por delante de mí pasan muchas monjas que van y vienen muy apresuradas. Llevan ropa, cobijas, niños, ancianos. Nos preparan camas. A mí me carga una monja que llaman Elodia. Me consuela, me tranquiliza y me trata con mucho cariño.

Dicen entre ellas que “Madrecita” está por llegar al convento.

Me llevan a un comedor muy grande. Me dan de comer y me conducen a un cuarto con muchas camas. Hay colchones sobre el suelo. Mucha agitación.
Al día siguiente me despierta la claridad del sol. Entra la hermana Elodia, siempre pendiente de mí. Me lleva para asearme y me conduce al comedor. Me dice que  la madre Superiora del Convento es “Madrecita”, Teresa de Jesús, “la fundadora”. Me encuentro en la sede de las hermanas carmelitas descalzas.
…
Ya soy monja de clausura. Me han asignado el nombre María de la Salvación. Pero generalmente me conocen como la “Hermana Salvación”.

Ya conozco a “Madrecita”. Me trata con muchísimo cariño. Me enseña muchas cosas de doctrina cristiana. Es muy piadosa. Se la pasa hablando de su esposo Jesús, y de la muerte, que es su “hermana”. Me dice que en este mundo estamos de paso y que por eso el tiempo vuela muy rápidamente. Sin embargo, me asegura que  yo seguiré allí muchos años más; y que me iré años  después de su fallecimiento…

Desde que me trajeron cuando niña, jamás he salido del Convento, ¿y para qué, si es aquí donde está lo mío y me siento feliz?. Estoy dedicada a la oración activa del trabajo consagrado al amor de Dios, y a la realización de diversos oficios: asear;  ayudar a preparar los alimentos para la comunidad;  lavar la ropa de las hermanas y de las camas; cultivar el huerto y los jardines;  ir al bosque a recoger leña; cuidar a los animales, gallinas, pollos, cerdos, hasta caballos. Me enseñaron a leer y escribir. Hay una biblioteca, que visito de vez en cuando, sólo los domingos, porque dispongo de un poco más de tiempo.
Me acuesto muy cansada pero contenta por el servicio que presto y porque todo trabajo se lo dedico a Dios, y eso me da fuerzas hasta el final de mis días.

Cuando “Madrecita” murió, todos nos hundimos en profunda tristeza, pero la fuimos superando al recordar sus enseñanzas respecto a la muerte y al dolor.

Desde que me consagré al Señor como monja, he tenido la misma celda, humilde, sencilla y escueta: un camastro, un cajón para la lámpara, una silla y un crucifijo. Eso es todo lo mío en este mundo. No debo olvidar que hice voto de pobreza.
…
Estoy muy ancianita, muy débil. La hermana Elodia falleció. La hermana Antonia, la enfermera, me dispensa sus atenciones con mucha dedicación, con mucho amor. Le pido que llame pronto al sacerdote, para confesarme y para la extremaunción. Sé que la muerte está aquí a mi lado. Como decía Madrecita, yo también deseo que venga pronto, para ir al encuentro con Dios…. “ y tan alta vida espero que muero porque no muero…”.
Entrego mi alma a Dios, una tarde del mes de mayo de 1643, a los 93 años de edad.
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Este es el relato que hace mi esposa Lucía Margarita, al doctor Alberto Benavides, autor de numerosos libros relativos al sexto sentido, y experto en regresiones.
Quise llevar a mi esposa a este conocedor, porque ella me dice que siente la urgencia del alma en conocer sus vidas pasadas.
La he complacido. El resultado ha sido doblemente asombroso: para ella, porque la llena de gozo saber de dónde vino y revivir hermosos y apacibles recuerdos de su vida monacal. Y para mí, debido a que la consagración de ella como monja, me explica muchas cosas respecto al por qué de su vida devota y familiar de hoy, en esta existencia junto a mi y con nuestros hijos. Me doy cuenta de que conserva en esta vida, para conmigo y para con ellos,  las mismas virtudes que cultivó en aquellos tiempos, hace ya varios siglos: amor, bondad, humanidad, humildad, espíritu de servicio, pureza, vida ejemplar en todo sentido. Y  ello explica por qué ha sido tan excelente esposa, madre, hija y hermana, vertiendo amor, caridad, paciencia, bondad y buena intención en todo lo que hace y para con todo ser humano. En síntesis, ahora comprendo por qué canta cuando le duele la cabeza…
Me da la impresión de que, cuatro siglos después de la muerte de la Hermana Salvación,  la hubiesen trasladado directamente y fresquecita, espiritualmente pura e intacta, del Convento de San José de Ávila, a éste nuestro hogar, donde somos felices. ¿Y quién no con esta clase de mujer tan ejemplar?

Suelo rogar a Dios que nos permita a Lucía Margarita y a mí, estar juntos por siempre en el otro mundo. Manifestación de esta plegaria son las siguientes estrofas:

PLEGARIA DEL AMOR ETERNO
Lucía:
Pidamos a los pies del Padre Santo.
Roguemos por la permanencia de nuestro amor y unión
con un clamor:
“Te suplicamos,  oh  Dios, a todo  trance,
con el corazón palpitando entre las  manos,
decretes la eternidad de nuestro amor
para que venza el abismo del dolor y el tiempo.
Te pedimos,  Señor, humildemente,
concedas a este amor que un día encendiste
con el soplo milagroso de tu aliento,
le concedas pervivir  con llama propia
como lámpara votiva de tu Templo.
El nuestro es un amor que compenetra
y vivifica, un amor  profundo y puro
que  para no ir a la nada intrascendente
precisa de la unión de estas dos almas
que a ti claman por luz de  eternidad y  eterno canto.
Atiende, oh Dios, a las plegarias
de estos dos fervorosos suplicantes.
Preserva por siempre la vida de esta planta
sembrándola en el humus de tu Cielo
adonde las  garras de la muerte
no la alcanzan”.

DECRETO DE  ETERNIDAD
Lucía:
Anoche soñé que Dios,
atendiendo al clamor de nuestra súplica,
decretó
 la eternidad de nuestro amor,
por comprender la razón de nuestra angustia:
“Un amor tan intenso, un amor tan puro,
 un amor hermoso como mi propio Cielo,
no merece el fin,
y debe prevalecer sobre la muerte.
Le daré la consistencia del diamante,
el alma inmarcesible de la luz
y la duración del sol y las estrellas,
y lo haré extenderse y crecer en el confín del universo
y lo fijaré en el telón del cielo
como estrella especial,
de resplandor eterno”.


lunes, 20 de julio de 2020

EL BANQUETE DE LOS SIETE SABIOS DE GRECIA . CUENTOS DE LA TROJA DOS. JUAN JOSÉ BOCARANDA E.




EL BANQUETE DE LOS SIETE SABIOS DE GRECIA

! Este pobre pueblo tragacalambres, que no tiene qué comer sino miseria, en vez de levantarse de la mesa satisfecho y contento, lo hace con mayores proporciones de arrechera, y no es para menos.

“... Ayer subía a la ciudad desde mi casa de Falero, y uno de mis conocidos, que me divisó desde atrás, me llamó de lejos y, bro­meando, dijo: “¡ Ooooopaaaa, tú, el de la melena, ¿no me esperas?” Yo me detuve y lo esperé: era Aristodemo.

-”Apolodoro -me dijo entonces-justamente hace un mo­mento pensaba en ti, porque deseo informarme de la reunión de Diógenes y los Siete Sabios, en su famoso banquete del Barrio “Los Mamónides”, con el que quisieron celebrar su ingreso en sociedad”.
Luego casi como si hablase sólo para sí mismo:
“Ya me lo imagino. Todo debió ser estricta etiqueta. Cada quien se recostaría, llegado el momento, en su confortable butaca. Desde un comienzo, los cubiertos de plata brillarían a la luz de largas velas de cera ática. La vajilla, sin duda de porcelana de Kios, así como los vasos, forma­rían un solo juego que, sin embargo, contrastaría con los platitos para el pan y la mantequilla. Esta última sería nada menos que de las vaqueras del Pireo. Los mesoneros se emularían en el servicio, con esmero en colocar los utensilios “de afuera hacia adentro”, según las más severas exigencias de Carreño. Los manteles serían de damasco y se adoptarían todas las previsiones para que sus bordes no tocasen el suelo. Las copas de rigor montarían guardia, por lo menos en número de tres, frente a cada comensal: una, para el agua cristalina y burbujeante del Guaire; las otras dos, para sendos nobles vinos que vendrían después, con mayor liberalidad y tamaño. A cada quien se le asignaría un salero y un pimentero, con su nombre inscrito en fina letra griega, trazada con el pincel de Apeles. El menú vendría manuscrito sobre elaboradas hojas de piel de coco, en conjunto de arte que sería tildado de “formato-poemario”, digno de aquel ágape sa­piencial. Todo sería profundo cavilar filosófico sobre los “éidoslos” platónicos, mientras los laúdes de Lesbos, los saxofones de Lokrida y los chimbángueles de Betijoque ondearían sus arpegios cual tenue cortinaje de Pylos... ¡Dime, dime, Apolodoro, que es cierto; que todo fue así...!

-”Pues pelas y requetepelas, Aristodemo. La cosa no fue así sino asá, y todo a precios adecuados a la voracidad de los abusadores:  algunas yucas sancochadas, fruncidas como chancletas viejas, un poco de ají rancio y un aguacate medio podrido, acompañado todo ello con algunas libaciones de agua contaminada, fueron los manjares de los Siete Sabios y Diógenes aquella “Noche Triste” y en aquel tugurio donde tenían que tomar prestada la puerta del rancho para que sirviera de mesa.
Pítakos dijo al final, mientras regresa­ban la puerta del rancho a su lugar natural:
-¡Por Zeus! Este pobre pueblo tragacalambres, que no tiene qué comer sino miseria, en vez de levantarse de la mesa satisfecho y contento, lo hace con mayores proporciones de arrechera, y no es para menos.