BERGANTÌN
DE PIRATAS
Juan Josè Bocaranda E
“No. No es
que fueran en modo alguno inteligentes, sino
tan especialmente hàbiles para el mal, que no podìa suponerse sino que
el propio Diablo les calentaba los cachos…”
Asì dijo el gurù Trankasondas Mochi Lankas para
iniciar la edificante antiparabòlica de aquella mañana:
Un bergantìn lleno de piratas, que recorrìa los mares
sembrando el terror, estaba tripulado y dirigido por dementes, cìnicos, torpes,
perversos y sanguinarios.
Y no podían faltar las víctimas destinadas a su
servicio. Cuando abordaban un barco, una vez
dominados tripulación y
pasajeros, los acuchillaban y arrojaban al agua, a menos que los calificasen como
“utilidad mínima”, lo que salvaba la vida a unos cuantos, quienes eran
destinados a los oficios màs abyectos.
Entre estas tareas asquerosas se destacaba la de lavar
las medias de los bergantes, ante lo cual todos preferìan diez mil veces, hacer
la limpieza de las letrinas.
Ninguno de estos oficios era realizado por los piratas,
pues si en algo estaban de acuerdo mas allà de atropellar, asesinar y robar,
era en “el principio ètico de la dignidad profesional”.
Por supuesto, también sobrevivìan los que servirían en
la cocina. Porque a los piratas no debìa faltarles la buena mesa, por lo cual
se esmeraban en mantener las alacenas siempre repletas, surtidas con
viandas de primera calidad, robadas,
naturalmente, a los barcos pirateados.
Asaltaban y despojaban impulsados, sobre todo, por la
envidia y por el recuerdo de la miseria que habían vivido antes de dedicarse a
la digna profesión de piratas, cuando se alimentaban de ratas y cucarachas
en los tugurios de los puertos.
Allì se atormentaban mutuamente, siempre
a la espera de que algún dìa les
llegarìa la hora de la revancha y la oportunidad para empuñar el poder.
Obviamente, no podían faltar las mujeres salvadas de
la muerte debido a la hermosura y no
pocas veces a la juventud, y todo ello a título de “carne fresca”, como lo
gritaban, relamièndose, borrachos, en las muy frecuentes francachelas
perpetradas entre popa y proa. La “carne de primera” fue, como siempre, privilegio de
los jefes, quedando la “ de segunda” para diversión y gusto del perraje
bergante.
Era relevante norma de la “Etica de los Piratas”, no
permitir en ninguna circunstancia que las víctimas emitieran ni la màs mínima protesta, fuese cual fuese la
naturaleza y la magnitud del abuso, de la prepotencia o del crimen. Del mismo
modo, la ética los obligaba a forzar a las víctimas para que alabasen en forma
permanente aquel régimen de maldad, crueldad, abyecciòn y muerte, imperante en
el barco del infierno. Para entonar debidamente los Te Deum, había sido incorporado a la nòmina pirata un cura
disidente, con pata de palo, parche en el ojo y puñal consagrado, a quien
llamaban “Padre Piraña”.
Parecìa como si a las víctimas se les hubiese
cercenado la lengua. Y si alguno trataba de comunicarse por señas, era lanzado
a los tiburones en forma sumarísima, ipso
facto, como decìan los leguleyos de la negra tripulación, cuando competìan
en lanzar piropos en latìn a una luna sonrojada de verguènza.
Bajo la norma ominosa del silencio màs absoluto, sucedió que estando los piratas entregados de tal manera al
engreimiento, a la prepotencia, a la idea de perpetuarse en el disfrute del
poder, a la pretensión de una impunidad a ultranza, a los vicios, al
desenfreno, a la voracidad, al abuso, a la perpetración de crímenes y robos y a
la planificación de nuevas formas del mal,
que no quisieron darse cuenta de que el agua había inundado las bodegas
y las salas de màquinas, y de que muy pronto el barco habrìa de naufragar, sin
que nadie pudiera evitarlo.
Y asì fue. Sòlo cuando estaban haciendo glu-glu, pudieron percibir la cercanìa de la muerte, que les llegó a
todos por igual, si bien los bergantes se destacaron por la cobardìa y la
indignidad, gimiendo y gritando de pavor,
como viejitas, cuando los tiburones, sus colegas, les hacían de las
suyas, devorándolos de cuatro grandes dentelladas. Porque asì son los
criminales y los guapetones cuando les llega la hora y las medias se les
chorrean.
“Y colorìn sin colorete” - finalizò el gurù, quien,
para cerrar debidamente, trajo a cita las infaltables escrituras:
“El maestro dice: que
los malparidos se agarren de las
greñas, porque lo que viene de los
cielos es enea. Asì será. Asì tiene que ser…Palabra de Dios…”




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