sábado, 14 de junio de 2014

BERGANTÌN DE PIRATAS. Juan Josè Bocaranda E







BERGANTÌN DE PIRATAS
                   Juan Josè Bocaranda E

“No. No es que fueran en modo alguno inteligentes, sino  tan especialmente hàbiles para el mal, que no podìa suponerse sino que el propio Diablo les calentaba los cachos…”

Asì dijo  el gurù Trankasondas Mochi Lankas para iniciar la edificante antiparabòlica de aquella mañana:

Un bergantìn lleno de piratas, que recorrìa los mares sembrando el terror, estaba tripulado y dirigido por dementes, cìnicos, torpes, perversos y sanguinarios.

Y no podían faltar las víctimas destinadas a su servicio. Cuando abordaban un barco, una vez  dominados tripulación y  pasajeros, los acuchillaban y arrojaban  al agua, a menos que los calificasen como “utilidad mínima”, lo que salvaba la vida a unos cuantos, quienes eran destinados a los oficios màs abyectos.

Entre estas tareas asquerosas se destacaba la de lavar las medias de los bergantes, ante lo cual todos preferìan diez mil veces, hacer la limpieza de las letrinas.

Ninguno de estos oficios era realizado por los piratas, pues si en algo estaban de acuerdo mas allà de atropellar, asesinar y robar, era en “el principio ètico de la dignidad profesional”.

Por supuesto, también sobrevivìan los que servirían en la cocina. Porque a los piratas no debìa faltarles la buena mesa, por lo cual se esmeraban en mantener las alacenas siempre repletas, surtidas con viandas  de primera calidad, robadas, naturalmente, a los barcos pirateados.

Asaltaban y despojaban impulsados, sobre todo, por la envidia y por el recuerdo de la miseria que habían vivido antes de dedicarse a la digna profesión de piratas, cuando se alimentaban de ratas y cucarachas en  los tugurios de los puertos. Allì  se atormentaban mutuamente, siempre a la espera  de que algún dìa les llegarìa la hora de la revancha y la oportunidad para empuñar el poder.

Obviamente, no podían faltar las mujeres salvadas de la muerte debido a la hermosura y  no pocas veces a la juventud, y todo ello a título de “carne fresca”, como lo gritaban, relamièndose, borrachos, en las muy frecuentes francachelas perpetradas  entre popa y proa. La “carne de primera” fue, como siempre, privilegio de los jefes, quedando la “ de segunda” para diversión y gusto del perraje bergante.

Era relevante norma de la “Etica de los Piratas”, no permitir en ninguna circunstancia que las víctimas emitieran ni  la màs mínima protesta, fuese cual fuese la naturaleza y la magnitud del abuso, de la prepotencia o del crimen. Del mismo modo, la ética los obligaba a forzar a las víctimas para que alabasen en forma permanente aquel régimen de maldad, crueldad, abyecciòn y muerte, imperante en el barco del infierno. Para entonar debidamente los Te Deum, había sido incorporado a la nòmina pirata un cura disidente, con pata de palo, parche en el ojo y puñal consagrado, a quien llamaban “Padre Piraña”.

Parecìa como si a las víctimas se les hubiese cercenado la lengua. Y si alguno trataba de comunicarse por señas, era lanzado  a los tiburones en forma sumarísima, ipso facto, como decìan los leguleyos de la negra tripulación, cuando competìan en lanzar piropos en latìn a una luna sonrojada de verguènza.

Bajo la norma ominosa del silencio màs absoluto,  sucedió que estando los piratas entregados de tal manera al engreimiento, a la prepotencia, a la idea de perpetuarse en el disfrute del poder, a la pretensión de una impunidad a ultranza, a los vicios, al desenfreno, a la voracidad, al abuso, a la perpetración de crímenes y robos y a la planificación de nuevas formas del mal,  que no quisieron darse cuenta de que el agua había inundado las bodegas y las salas de màquinas, y de que muy pronto el barco habrìa de naufragar, sin que nadie pudiera evitarlo.

Y asì fue. Sòlo cuando estaban haciendo glu-glu, pudieron percibir  la cercanìa de la muerte, que les llegó a todos por igual, si bien los bergantes se destacaron por la cobardìa y la indignidad, gimiendo y gritando de pavor,  como viejitas, cuando los tiburones, sus colegas, les hacían de las suyas, devorándolos de cuatro grandes dentelladas. Porque asì son los criminales y los guapetones cuando les llega la hora y las medias se les chorrean.

“Y colorìn sin colorete” - finalizò el gurù, quien, para cerrar debidamente, trajo a cita las infaltables escrituras:

“El maestro dice: que los  malparidos se agarren de las greñas,  porque lo que viene de los cielos es enea. Asì será. Asì tiene que ser…Palabra de Dios…”


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